EL FARO
No soy fan del cine de terror. Creo que se pueden
contar con los dedos de las manos las películas buenas de ese género (y todas ellas
tendrían más de treinta años, seguramente). Sin embargo, guiado por las extraordinarias
críticas de El faro, me decidí a ir a verla, buscando esa obra maestra que muchos críticos
señalan.
No la he encontrado, para nada. Es verdad que este
segundo largo de Robert Eggers tras su debut con La bruja (por cierto, tampoco me gustó) tiene dos grandes alicientes. Por un
lado, la alucinante (nunca mejor dicho) interpretación de la pareja
protagonista: Robert Pattinson y Willem Dafoe. Su trabajo es colosal. La amargura sombría del primero y la
desagradable y odiosa insolencia del segundo se van fundiendo, a lo largo del
metraje, en un sórdido y escatológico retrato de la locura. Están fantásticos,
la verdad. El segundo gran acierto de Eggers es la ambientación de la historia: esa naturaleza salvaje y violenta que
atrapa claustrofóbicamente a los dos personajes en un entorno enfermizo que
acaba convirtiéndose en el tercer protagonista de la historia.
En esos dos puntos, la película es sobresaliente.
Pero, como siempre, queda la historia. Y la historia no es que sea mala, sino
que, en este tipo de cine vanguardista, termina convirtiéndose en algo
secundario; resulta demasiado empequeñecida por un montaje abrumador en lo que atañe
al simbolismo y el tono surrealista. En los primeros minutos asistimos a lo que
parece va a ser una extraña rivalidad entre el farero y su recién llegado
aprendiz al que maltrata y ningunea por alguna razón que, quizás, podamos ir
descubriendo; pero poco a poco la película comienza a deshilacharse en multitud
de diálogos absurdos, imágenes oníricas y situaciones inconexas. La hipertrofia
metafórica que utiliza Eggers tampoco ayuda: la sirena, la escalera, la luz secreta, las gaviotas, el
alcohol, la masturbación... Algunas de esas imágenes resultan inquietantes,
otras parecen simples clichés; pero, la mezcla de todas ellas en una narrativa
confusa me provoca cierto hastío. El director adereza aún más este maremágnum tan
desconcertante con apuntes temáticos que no termina nunca de desarrollar como la
culpa, la soledad o los traumas sexuales.
Al final me pasa con El
faro como con todas las películas que, por encima de contar
una historia, se empeñan en crear un ejercicio de estilo. Entiendo el tono
expresionista, y alguna de las múltiples interpretaciones que puede ofrecer la
historia me resulta atractiva. Pero creo que el camino que sigue Eggers para llegar a
ese metafórico desenlace es algo tramposo y, muchas veces, está excesivamente «maquillado». Creo que el director peca
por exceso; le sobra metraje y le falta decantarse por una narrativa más clara
y unos símbolos más coherentes con el desenlace o la intención final. El
resultado es una película visualmente impactante, con unas interpretaciones arrolladoras,
una buena idea conceptual, pero con ciertas trabas en la narración, el montaje
y el exagerado y desigual tono surrealista.
Yo le recomendaría a Robert
Eggers que, si quiere hacer una gran película con esos
mismos ingredientes (misterio, culpa, locura, imágenes oníricas, traumas y
alucinaciones) revise sus apuntes de Martin
Scorsese, concretamente el capítulo Shutter Island. Ahí está todo.
Sigo sin ver una gran película de terror. Va a ser
que, efectivamente, no me gusta el género.
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Lo mejor: los pedos de Willem Dafoe.
Lo peor: la paja de Willem Dafoe (no era necesario, de verdad).
Gustará: a los nostálgicos del formato 4:3 y a los fetichistas de la Sirenita.
No gustará: a las gaviotas, claramente.
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CALIFICACIÓN: 6
En uno de esos diálogos surrealistas, el farero, en
su afán de confundir y enloquecer aún más a su oponente, le deja caer que,
quizás, está solo en el faro, que todo es producto de su imaginación (o su
locura). Dentro de las posibles explicaciones que deja abiertas la película,
esa es la que más me gusta. Un joven traumatizado por haber permitido la muerte
de otro hombre, busca alejarse de la sociedad aceptando el trabajo en un faro
perdido en mitad del mar. Pero la culpa, la soledad, otros posibles traumas que
no quedan del todo explicados (el sexo, la relación paterna) y el alcoholismo
van constriñendo al muchacho hasta perder la cordura. En esas semanas que ha de
pasar solo hasta la llegada del relevo, sufre todo tipo de alucinaciones y
sueños recurrentes que le atormentan y provocan su suicidio.
El secreto del faro que le es aparentemente negado y
ocultado es, en realidad, su propia expiación. Al final de su tormento encuentra
la luz, la paz a su sufrimiento, quitándose la vida. El farero no es más que una
personificación de su subconsciente o ese yo que odia, teme y desprecia
tanto.


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