VIDA OCULTA
Terrence Malick es de esos directores que no suele dejar a nadie indiferente: los hay que no soportan la lentitud, el lirismo y la espiritualidad de su cine; otros consideran que esa manera preciosista, pausada y poética de narrar historias es precisamente lo que le hace diferente e interesante; muchos espectadores o críticos piensan que su cine está sobrevalorado, que es más estético y formal que realmente profundo; otros creen que es un genio. Yo soy de los que aplaudo normalmente sus propuestas, porque se salen de lo convencional. No todas sus películas son perfectas, evidentemente; incluso no todas son buenas. En ocasiones parecen recrearse excesivamente en la autocomplacencia de sus imágenes y no siempre estoy de acuerdo o me termina de convencer el tono espiritual o trascendente de algunos de sus personajes. Un amigo me dijo una vez: «Lo que me agobia del cine de Malick es que sus personajes siempre parece que están viviendo un suplicio insufrible». Y eso lo encontramos también en Franz, el granjero protagonista de Vida oculta.
En ese sentido, el cine de Terrence Malick resulta, en
ocasiones, demasiado intenso, incluso desasosegante. Pero, por otro lado, el
director sabe aportarle, quizás como ningún otro, un grado de belleza y de
lirismo a sus películas que, solo por eso, resultan extrañamente hipnóticas y
casi siempre hermosas.
En Vida oculta el director
texano recrea un hecho real, acontecido en un paradisíaco pueblo de las
montañas austriacas, al inicio de la II GM. Cuando los hombres jóvenes empiezan
a ser movilizados por el gobierno alemán para ir a la guerra, Franz, un joven
granjero que vive felizmente con su mujer y sus hijas pequeñas, decide objetar.
No lo hizo por miedo, sino por razones religiosas e ideológicas: profundamente
cristiano y pacifista, Franz no estaba de acuerdo con el terrible mensaje de
Hitler. Ante la presión de su familia, amigos y la hostilidad de su propio
pueblo, Franz se debate entre renunciar a sus ideales y a su fe o convertirse
en un mártir.
Y esa disyuntiva moral es lo más interesante de la película. Resulta
inevitable sentirte atrapado por la angustia del personaje, por su martirio existencial.
¿Renunciar a su vida, abandonar a su suerte a su familia por coherencia ética?
Reconozco que la película, por momentos, me llega a resultar angustiosa y me
plantea dudas éticas (las dejo para el spoiler). El director combina
maravillosamente las escenas costumbristas de la felicidad familiar de Franz, en
unos parajes absolutamente embriagadores, con la crudeza, la violencia (física
y mental) y la desesperación del granjero que es represaliado por su objeción
de conciencia y de fe. En ese aspecto, la película es una maravilla. Es cierto
que, en mi opinión, le sobra la reiteración del mensaje religioso y espiritual
(aunque el auténtico Franz Jägerstätter llegó a ser beatificado); pero a nivel
puramente dramático y cinematográfico, esa redundancia espiritual creo que le
perjudica, como la exagerada duración del filme. Aunque bueno, así es Malick. Posiblemente a la película le sobre casi una hora de metraje. El
director se recrea en presentar, una y otra vez, ese contraste entre la idílica
vida de Franz anterior a la guerra (junto con el profundo amor que siente por
su mujer y sus hijas) y el tormento emocional y físico que vive cuando decide
ser consecuente con sus ideales. Pero el verdadero conflicto moral no surge
casi hasta la segunda parte de la película y es entonces cuando la historia se
vuelve más desasosegante, hasta llegar a un desenlace estremecedor.
Con todo, esa desmesura de Vida oculta tiene también
otra parte buena. He visto muchísimo cine y he estado pensando un buen rato si
alguna vez he presenciado una película con una fotografía tan impactante y
hermosa como esta. Sinceramente creo que no. Esas espectaculares imágenes
naturales de las montañas y valles austriacos, junto a la preciosa banda sonora
compuesta por James Newton Howard y el
lirismo epistolar superpuesto con una delicada voz en off (el guion está basado
en las tiernas y poéticas cartas que intercambiaron Franz y su esposa, Frani),
aportan una calidad literaria y artística a la obra que apenas se ve en el cine
actual. En ese sentido, Vida oculta es una
verdadera obra de arte.
Puede que a los detractores del director texano les aburra la película o
no les interese demasiado el debate moral y religioso que plantea. Lo siento
por ellos, la verdad. Películas así apenas se hacen. Por eso, a pesar de sus
excesos narrativos o espirituales, el estreno de una de Malick siempre es una gran noticia, no solo para el cine, sino para el arte en
general.
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Lo mejor: El debate interno que provoca.
Lo peor: Un metraje excesivo.
Gustará: A los que entienden el cine como un arte y no solo como un espectáculo
de entretenimiento.
No gustará: A los que se pasan la primera media hora de proyección abriendo
ruidosamente bolsas de Matutano, escarbando en las cajas de palomitas y
sorbiendo estruendosamente por la pajita de la cocacola como si no hubiera
mañana.
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CALIFICACIÓN: 8.5
Malick lleva el conflicto ideológico y religioso hasta sus máximas
consecuencias. Y es eso lo que más me impresiona de la película, sobre todo en
su último tercio. La pregunta es evidente en el espectador: ¿Qué haría yo en
una situación así? Es algo que me planteo durante esa última hora larga, porque
la respuesta no es fácil. Franz da su vida por coherencia con su pacifismo y su
rechazo a un régimen que considera absolutamente deleznable: el nazismo. Esa
decisión puede resultar totalmente loable. Y lo es, no cabe duda. Pero, ¿qué
ocurre con los daños colaterales? La acción de Franz no solo es devastadora
para él mismo (sabe que está aceptando la muerte con ella), sino también para
su familia; de alguna manera, su sacrificio deja huérfanas a sus tres niñas y
en una situación desesperante a su esposa y a su madre. Esa es la otra cara de
la tremenda decisión de Franz. Habrá quien piense que su idealismo, en ese
sentido, sea poco generoso para con los suyos. Yo, en ciertos momentos, lo
pienso así.
La dureza de los últimos minutos de la película
traspasa la pantalla y provoca verdadero dolor y ansiedad en el espectador. Malick recrea ese
momento de tensión y de desolación ante la inminente certeza de la muerte con absoluta
maestría. Acongoja y te deja casi sin respiración.
Como la fabulosa escena en la que el oficial nazi
(interpretado por el gran Bruno Ganz, en su último papel), tras pedirle a Franz que se replantee su decisión,
se mira las manos, en una metáfora que recuerda a Poncio Pilatos. Sabe que no
puede hacer nada por evitarlo, que un hombre bueno va a morir, y que él mismo
tiene que certificar el final de esa pasión.


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