DIAMANTES EN BRUTO


No ha pasado ni media hora y uno empieza a perder el resuello solo por seguir a través de la pantalla de la televisión (Netflix y cuarentena) la frenética cotidianidad del afable perdedor compulsivo que interpreta un monumental Adam Sandler en este peliculón de los hermanos Safdie. La ansiedad de ese joyero judío desesperado por contraer una deuda para pagar otra deuda que cubra otras muchas deudas llega a ser tan agobiante como divertidamente patética.

La película es vertiginosa desde la primera escena a la última. Apenas hay un momento de descanso en esos pocos días en los que Howard (Adam Sandler) trata de encontrar una salida en el negrísimo y asfixiante agujero en el que se ha metido. Todo vale en su azarosa y frenética jornada: mentiras, absurdas promesas, líos y más líos en una huida desesperada que lo va complicando todo aún más, a cada zancada. La rutina de Howard es pura extravagancia: acreedores, matones mafiosos, rateros de poca monta, corredores de apuestas, estrellas de la música (The Weeknd), estrellas de la NBA (Kevin Garnett), unos hijos a los que apenas conoce, una esposa que le detesta, una amante cabeza de chorlito y una enorme piedra preciosa en la que tiene depositada su última esperanza de salir una vez más del terrible embrollo en que se ha metido.


La interpretación de Sandler es fantástica. La cámara le sigue obsesivamente en esa caída a los infiernos, le acompaña en esa desesperación por redimirse, por escapar del agua al cuello. Los directores Ben Safdie y Joshua Safdie captan esa tierna angustia con primerísimos planos, buenos toques de humor negro y un ritmo endiablado. La película es brillante en su escritura y su realización técnica. La velocidad es coherente con esa cuenta atrás en la que se ha convertido la vida de Howard. Todo transcurre con un vértigo que se transmite al espectador. Realmente, llegas a sentir la angustia de ese vendedor de diamantes tramposo y patético al que nada parece salirle bien.

Además de la interpretación de Sandler (extraordinaria), destaca la debutante Julia Fox, como su bella y algo infantil amante, en un papel que parece demasiado tópico en un inicio, pero que va creciendo a lo largo de la película. También está bien Kevin Garnett, haciendo de un superficial, caprichoso y supersticioso Kevin Garnett.

Una frenética y estupenda película que consigue, durante algo más de dos histéricas horas, hacer olvidar el vértigo de la pandemia.

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Lo mejor: El extraordinario trabajo de Adam Sandler, que se come la pantalla en cada plano.

Lo peor: Algunas situaciones y personajes rozan la caricatura peligrosamente.

Gustará: A los perdedores que se identifican con Henry Chinaski.

No gustará: A los que vayan buscando una simple comedia al estilo de Niños grandes o Click.

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CALIFICACIÓN: 


La tragedia final es esperable, aunque creo que demasiado cruel (reconozco que le he cogido cariño a ese caradura entrañable, infiel, mentiroso y ludópata). La acumulación de problemas, trampas, líos y embrollos en los que se va hundiendo a cada hora el bueno de Howard es tal que solo un golpe inesperado de suerte puede evitarle un desastroso final. Y a punto está de conseguirlo, gracias a una última y desesperada moneda al aire, en forma de apuesta. Pero esta vez la carambola no le sale. Su muerte completa la tragedia del perdedor compulsivo, justo cuando había recibido por fin el ansiado regalo de la diosa Fortuna.

El último plano de su rostro sonriente y agujereado por el disparo es fantástico. Howard muere todavía imbuido por el orgásmico triunfo del jugador que ha ganado. Esa es la postrera y gloriosa excitación que dibuja su sonrisa ya sin vida.


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