GOYA 2020: MEJOR PELÍCULA
Queda menos de una semana para la ceremonia de
entrega de los Premios Goya 2020. Así que voy a comenzar una breve serie de
artículos analizando las principales categorías, para finalizar con mi propia
quiniela de cara al sábado 25. Todo el mundo del cine ha puesto el foco en las
dos películas que han arrasado en cuanto a número de nominaciones: Mientras dure la guerra (17) y Dolor y gloria (16). Parece lógico pensar que esas dos espléndidas películas de dos de
nuestros grandes directores (Alejandro Amenábar y Pedro Almodóvar) pueden repartirse los pedazos más jugosos del pastel.
Yo no tengo tan claro que vaya a ser así; es más, creo que hay una que es muy
favorita sobre la otra en buena parte de las categorías más importantes.
Pero vayamos poco a poco, sin spoilear la
quiniela final. Empezamos hoy con las nominadas a Mejor Película.
O que arde, de Oliver Laxe. Es una película hermosa, no cabe duda. Con unos minutos
iniciales impresionantes y una fotografía de esas que hipnotiza por completo al
espectador. El acierto de Laxe es que logra amplificar la belleza de los ya de por sí maravillosos
paisajes gallegos con unos planos abiertos y una selección de encuadres
magníficos. El contraste
entre el hermoso verde de la primera parte y el rojo del fuego de la última media
hora es brutal. Los actores no profesionales están a muy buen nivel. Benedicta Sánchez y Amador Arias reflejan la
dureza y el aislamiento que sus personajes encarnan; y lo hacen,
fundamentalmente, con el silencio. Es una película de largos silencios y de
tristes miradas. En ese sentido, creo que los actores noveles están muy bien
dirigidos.
El problema de O
que arde es que, en mi opinión, se queda en esa belleza. Le
falta historia. Las emociones están tan contenidas, tan mínimamente esbozadas,
que resulta algo frío el desarrollo de los personajes y sus conflictos. El tema
principal de la película (el rechazo, los prejuicios) aparece de manera tardía,
como un esbozo apenas. Me parece que Oliver
Laxe ha focalizado demasiado su película en el lado visual
(no solo de los paisajes, sino en la parca gestualidad de sus heridos
protagonistas). Pero le falta palabra y acción a la película. A mí me pareció
preciosa en lo plástico, tierna en algún momento (bajo la frialdad de madre e
hijo subyace un sentimiento de necesidad mutua), pero algo aburrida. Durante
muchos minutos, la parte documental queda muy por encima de la narrativa. Yo
entiendo el cine de otra manera.
Intemperie, de Benito Zambrano. Es un relato intenso y ágil que atrapa desde el principio por su
planteamiento sencillo, de estilo clásico. Zambrano realiza una película de aventuras a la antigua usanza, de buenos y malos,
con altas dosis de acción, drama y heroicidad. Arranca con la huida de un niño de
las garras del sádico cacique que domina autoritariamente la comarca. Se iniciará así, una persecución salvaje, una caza, en la que el muchacho encontrará por el camino la inesperada ayuda
de un hombre bueno. La película está dibujada como un verdadero western, solo
que Zambrano cambia las desérticas colinas del Oeste americano por las áridas estepas
sureñas de la España profunda de posguerra. La fotografía es espectacular y el
ritmo narrativo intenso.
Me gustó, pero no me parece una película redonda. El
maniqueísmo de los personajes está tan marcado que resulta muy manido. El personaje
del excelente Luis Callejo (el cacique) tiene todos los clichés de los villanos arquetípicos del cine
o los cómics de los ‘70, hasta en sus diálogos. Al igual que sus esbirros. Luis Tosar es una
especie de Clint Eastwood con acento norteño y la evolución de su personaje no ofrece ninguna
sorpresa. El desenlace también responde a un esquema de western clásico, con enfrentamiento
y duelo final incluido. Un final algo torpe y falto de originalidad que
empobrece el resultado global de la historia. Intemperie es una película que se deja ver con agrado, pero se olvida con la misma facilidad.
En cuanto a las otras tres, os hablé de ellas en el
post dedicado a las 25 mejores películas de 2019, así que no voy a extenderme
demasiado para no repetirme. Me gustó mucho La
trinchera infinita. Una historia dura,
áspera y muy emotiva que escarba en una de las tragedias menos conocidas de la
guerra civil española: la de los escondidos. Hombres y mujeres que pasaron
décadas ocultos en sus casas, por miedo a las represalias de los vencedores. Enterrados
en vida tras dobles paredes, falsos tabiques o sótanos improvisados. Fantásticas
interpretaciones de Antonio de la
Torre y Belén Cuesta (que están nominados también). Una de esas películas tan asfixiantes y
angustiosas como necesarias.
Vayamos ahora con las dos favoritas, que son además, para mí, las mejores de esta candidatura.
Mientras dure la
guerra no es la mejor película de Amenábar, pero sí
supone un relanzamiento en su carrera, extrañamente entumecida desde la
estupenda Ágora (filmada hace once años ya), con un único largo entre medias, no muy
bueno precisamente (Regresión, el peor título de su filmografía). La recreación histórica y fotográfica que
realiza el director madrileño en Mientras dure la
guerra es fabulosa. Como lo es el trabajo de un gran
casting, liderado por Karra Elejalde (peleará con Antonio Banderas por el cabezón al mejor actor, ya hablaremos de ello en otro post). Es
una gran película en la que todo funciona a la perfección: la ambientación, la
caracterización de los personajes, el conflicto interno que reflejan Unamuno y
Franco en esos primeros días del alzamiento, la crítica valiente, los diálogos
(maravillosa la conversación que tiene Unamuno con su amigo Salvador Vila), el
ritmo narrativo y la tensión de los momentos más graves. Sería una merecidísima
ganadora del Goya… si no compitiera con Dolor
y Gloria.
Porque la de Almodóvar no es solo la mejor película española del año. Tampoco es simplemente
una de las mejores películas estrenada en cualquier país en 2019. Es más que
eso. Es la obra maestra absoluta de su genial director; la obra maestra de uno
de los grandes realizadores del cine mundial. Una película valiente, sincera, en la que Almodóvar se abre en
canal mostrando sus obsesiones de siempre, junto con sus miserias, sus miedos;
pero también, y sobre todo, refleja su profundo amor al cine, al arte. Es un
renacimiento como artista y, en cierto modo, un testamento vital. No podía
haber elegido mejor alter ego que Antonio Banderas, otro artista con mayúsculas que está en la cúspide de su carrera.
Dolor y gloria es mi favorita. Me encanta su realismo humanizador y desmitificador,
pero también el profundo respeto del artista por la propia creación. Me gusta
el tono sereno que ha sabido imprimirle a la historia Almodóvar (él, que no
es precisamente un director contenido). Acierta plenamente el director manchego
en esta mezcla de nostalgia, drama, humor templado y poesía. Hay una escena en
la película que lo resume todo, que compendia el cine de Almodóvar, en
definitiva. Salvador Mallo (Banderas / Pedro) le cuenta a su médico que está escribiendo una nueva película; el médico
le pregunta: «¿Y qué es, una comedia o
un drama?». La respuesta del director es genial: «Bueno, eso, al principio, nunca se sabe». Eso es Almodóvar. Dolor y gloria será, posiblemente, su gran legado. Y espero que la Academia lo premie.






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