RICHARD JEWELL


Clint Eastwood se ha ganado a pulso la consideración de gran leyenda de la historia del cine. Posiblemente sea la última gran leyenda de Hollywood. Su enorme y brillante carrera cinematográfica y sus más de 60 años en activo trabajando para la industria del celuloide son un aval incuestionable para ese reconocimiento. A pesar de ser un excelente actor, tuvo que ser su labor tras las cámaras, como director, la que pusiera a sus pies unánimemente a la crítica internacional con títulos que pasarán a la historia como obras maestras del cine de siempre. El momento decisivo de esa entrega y admiración absoluta de la industria y el público se produjo en el año 1992, con la maravillosa Sin perdón, una de las mejores películas de todos los tiempos. Ya antes había dirigido y protagonizado películas extraordinarias como Infierno para cobardes (1973), El fuera de la ley (1976), la poco conocida y estupenda El aventurero de medianoche (1982), El jinete pálido (1985) o la magnífica Cazador blanco, corazón negro (1990). Después de Sin perdón, llegarían los días de vino y rosas para el bueno de Clint, convertido ya en un referente para todos los realizadores y actores de las últimas tres décadas: Un mundo perfecto (1993), Los puentes de Madison (1995), Poder absoluto (1997), Ejecución inminente (1999), Mystic River (2003), Million dollar baby (2004), Cartas desde Iwo Jima (2006), El intercambio (2008) o Gran Torino (2008). Pocos directores clásicos pueden presentar un currículum repleto de obras maestras como este. Pero es que, además de esos títulos, Clint Eastwood ha protagonizado o dirigido otro buen puñado de buenas películas, cuya enumeración sería larguísima.

Más de seis décadas de dedicación y amor al cine han convertido a este californiano de mirada rasgada y sonrisa franca en un mito viviente. Sin embargo, como el mundo del cine en particular, y del arte en general, está repleto de críticos mediocres y desagradecidos, muchos de ellos, los mismos que antes le rendían tributo divino, han acabado afeándole al bueno de Clint Estwood que no haya sido capaz de mantener esa calidad en sus últimas películas. Como si fuera sencillo perpetuarse en la obra maestra constante. En mi opinión, la última década de Clint se ha saldado con buenas películas: Invictus (2009), J. Edgar (2011), El francotirador (2014) o Sully (2016); con un único título que no está al nivel de su filmografía general: la fallida 15:17. Tren a París; y con una penúltima (espero) joya que sí puede equipararse en calidad a los grandes títulos de la década anterior: Mula (2018). Poco valorada por la crítica, se despidió con esta maravillosa historia de Earl Stone, ese anciano vacilón, juerguista, amante de las flores, las mujeres y el derroche, que se enrola en un cárter de traficantes para poder tapar agujerillos, mientras trata de paliar con su familia toda una vida de ausencias. 


Apenas unos meses después de ese peliculón, el infatigable Clint, a punto de entrar en la novena década de edad, nos presenta su último trabajo: Richard Jewell. Otra buena película para ese grupo de títulos que formarían algo así como la tetralogía de héroes anónimos americanos, junto a las mencionadas El francotirador, Sully y 15:17. Tren a París. Rodada con el pulso atinado y la sencillez del músico virtuoso que ha tocado un millón de veces su sinfonía favorita y apoyada en unas magníficas interpretaciones (Paul Walter Hauser, Kathy Bates y Sam Rockwell están soberbios), Richard Jewell nos trae al Eastwood más comprometido (también polémico) de los últimos tiempos. La película es algo más que una justa historia de enmienda del bueno de Jewell (señalado por la prensa y la investigación policial en los días posteriores del atentado de los JJOO de Atlanta en 1996, siendo, no solo inocente, sino uno de los héroes de aquella trágica noche). Clint aprovecha esa limpieza del nombre de Richard Jewell para descargas todas sus balas críticas contra la prensa sensacionalista y la propia investigación federal de aquel atentado que, como quedó atestiguado tiempo después, fue un absoluto e indiscreto disparate. Eastwood le pasa factura a esos dos grandes pilares del sistema de información o control norteamericano: la prensa y el propio gobierno aprovechando aquel desastroso juicio mediático a un hombre inocente.

El resultado es una película elegante, con un atinado ritmo narrativo y una estupenda ambientación. Es verdad que adolece de cierto maniqueísmo (Jewell es un buenazo al que incriminan más por ser un auténtico friki que por verdaderos indicios claros y, por otra parte, los investigadores del FBI y la periodista que destapa el asunto tras una filtración parecen sacados de las cloacas más chapuceras de una democracia de tercera). Aún así, la película se disfruta gracias a esas buenas interpretaciones y al acertado suspense con el que está narrada la investigación.

No es una de las grandes de Eastwood, pero sí es de las buenas.
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Lo mejor: Todas las escenas y diálogos que comparten Paul Walter Hauser y Sam Rockwell. Divertidísimas.

Lo peor: La escena de la explosión. Le falta tensión. Y es raro, porque si algo saber crear Clint Eastwood es tensión; solo hay que recordar El intercambio, Poder absoluto o Mistic River, por poner algún ejemplo.

Gustará: a los vigilantes de seguridad que sueñan con ser polis.

No gustará: a Pilar Rahola.
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CALIFICACIÓN:  7.5 


Le han metido caña a Clint, sobre todo desde sectores feministas. Muchos de esas críticas, lo he comprobado con conocidos y amigos, se suben al carro de oídas. Por mucho que admire a Clint Eastwood (que lo admiro), no dejaría de afearle el hecho de que la película pudiera tener ese tufillo que algunos críticos dejan ver. Pero no veo ningún rastro machista en la película, ni en el personaje de Olivia Wilde. Sinceramente, creo que no se ha entendido bien la intención del director en ese aspecto.

Lo que pretende Clint Eastwood es criticar la voracidad y la falta de ética de la prensa sensacionalista. Particulariza en un personaje femenino a la que muestra como una periodista obsesionada con la noticia, voraz, de esas que hace bueno aquello de «No dejes que la verdad te arruine una buena noticia». Nada más. El personaje de Olivia Wilde consigue el rastro de la investigación de Jewell porque mantiene una relación sentimental previa con un agente del FBI no muy espabilado (interpretado por Jon Hamm). No hay intercambio de sexo a cambio de la noticia. No está rodado así en la película, ni se da a entender. Una licencia cinematográfica que se ha malinterpretado. El propio Eastwood ha tenido que salir a explicar y desmentir la situación. No creo que un tipo de 90 años que siempre ha hecho y dicho lo que le dé la gana vaya a andarse con remilgos o mentiras a estas alturas. Además, tachar a Clint Eastwood de machista es no conocer apenas sus películas y desconocer absolutamente su biografía.

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