HORSE GIRL


Curiosa película. Lo que empieza siendo un retrato intimista, con ligeros toques de comedia, se va convirtiendo, según pasan los minutos, en un delirante y angustioso viaje al miedo y a la locura. Sarah (Alison Brie) es una joven tímida, extraña y solitaria, cuya vida se centra en su aburrido trabajo, las series de televisión y su amor obsesivo por un caballo al que visita constantemente en un centro hípico. Atormentada por los problemas psicológicos que llevaron a su abuela a la esquizofrenia y a su madre al suicidio, Sarah comienza a pensar que a ella también le está ocurriendo algo. Cada noche tiene sueños más perturbadores e intensos, además de sentirse a menudo desplazada en el espacio y en el tiempo.

Horse girl es una película desconcertante por momentos. Incómoda casi siempre. Incluso en esos primeros minutos en los que se nos presenta a Sarah, Jeff Baena (el director) lo hace desde cierta distancia, casi con recelo, de tal forma que al espectador le resulta difícil empatizar con ella. Como cuando convives o trabajas con alguien todos los días, pero jamás terminas de sentirte cerca de esa persona, al contrario. En ese embarazoso retrato inicial de Sarah uno no puede evitar presentir que hay algo extremadamente hermético en ella, en su forma de hablar, en sus costumbres, sus rarezas y, sobre todo, en la imagen que proyecta de sí misma, siempre haciendo esfuerzos para adaptarse a una vida con la que está claro que no logra encajar, intentando reflejar normalidad, sin conseguirlo. Toda esa complejidad del personaje se aprecia gracias al fantástico trabajo de Alison Brie (sin duda, lo mejor de su carrera). La evolución mental que presenta Sarah a medida que su realidad comienza a desmoronarse está maravillosamente dibujada por la actriz californiana, que construye un personaje impactante.


Curiosamente, conforme Sarah comienza a perder ese fingido control dando rienda suelta a sus delirios y a absurdas teorías esotéricas, es cuando yo, como espectador, empiezo a sentirse más a gusto con ella; como si aquella Sarah apocada y algo infantil del principio no fuera más que una convencional careta que provocase rechazo precisamente por eso, por su falta de autenticidad. Y ese contraste está muy bien conseguido tanto por el guion como por la brillante interpretación de Alison Brie.

Adornan la película una sencilla y bella banda sonora, ciertos toques de ciencia ficción y algunas imágenes que rozan el terror psicológico. Determinados giros me recuerdan a algunas otras películas cercanas en el tratamiento de esa ambigüedad entre locura y fantasía que desgrana Horse Girl: la infravalorada K-Pax (2001, Iain Soffley) y la excelente Donnie Darko (2001, Richard Kelly). Aunque Horse Girl toma soluciones intermedias entre ambas en un desenlace impreciso, de aquellos que no dejan indiferentes.

Quizás la soledad del confinamiento no sea la mejor época para ver una película de estas características, ya que no es precisamente una inyección de optimismo o de alegría. Pero de manera descontextualizada, indudablemente resulta una experiencia interesante, dura, pero interesante. Buena película, enorme actriz.

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Lo mejor: La impresionante expresividad de Alison Brie en todo momento.

Lo peor: Hay un punto de frivolidad en el tratamiento de la enfermedad mental.

Gustará: A los amantes del suspense psicológico.

No gustará: A los fans de Iker Jiménez. Aunque puede que sea al contrario (lo dejo para el spoiler).

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CALIFICACIÓN:  7  




He leído algunas críticas (muy pocas, la película se ha estrenado en Netflix ya que los cines están cerrados por la cuarentena), con las que no estoy nada de acuerdo. No creo que el final redima al personaje de Sarah, convirtiendo mágicamente una película sobre la asunción de la locura en un cuento de ciencia ficción con final feliz. Para nada.

Creo que toda la parte final (la última conversación con el médico, su salida de la clínica, el secuestro de su caballo y la abducción extraterrestre) solo se desarrollan en la mente o en los delirantes sueños de Sarah. El terror a sufrir la misma enfermedad de su abuela y su madre la han sumido en la búsqueda de ansiosas explicaciones relacionadas con viajes en el tiempo, clonaciones y experimentos de seres de otro planeta. Poco a poco, el miedo a la locura ha ido dejando paso a ese refugio irreal y fantástico que Sarah crea para hacer frente a su terrible sospecha. Sarah no soporta la verdad, la realidad, y va creando ese otro universo onírico en el que, por fin, no se siente un bicho raro, en el que encuentra las respuestas que siempre ha buscado, aunque sean completamente absurdas. Sarah imagina ese contacto final con los extraterrestres; por fin todo encaja para ella, todas las piezas del puzle que tanto le atormentaban. Es un momento de felicidad, de ahí que no puede faltar su amado caballo y un último abrazo a la única amiga que tuvo (la chica que sufrió el accidente de equitación años atrás).

Por fin Sarah encuentra su razón de ser. Pero lo hace dentro de su locura.


INVISIBLES


Tres maravillosas actrices y unos diálogos excelentes. Sobre esos dos pilares construye Gracia Querejeta este modesto, sencillo y estupendo drama teatral en el que la palabra y los sentimientos son los protagonistas absolutos. Julia, Elsa y Amelia (Nathalie Poza, Emma Suárez y Adriana Ozores) son tres mujeres de mediana edad que se reúnen todos los jueves para dar un paseo matutino por el parque. Aprovechan ese paseo semanal para conversar sobre sus problemas, preocupaciones e inquietudes. Son tres mujeres muy diferentes: una profesora frustrada por haber perdido su vocación docente; una ejecutiva muy independiente, acostumbrada a ser el centro de atención de los hombres, que se niega a aceptar el paso del tiempo; y una mujer acomplejada por sus fracasos sentimentales y que vive una auténtica guerra de celos con la hija de su nueva pareja.

Cada jueves, las tres mujeres pasean y hablan. Esa es la arquitectura de toda la película. Sin embargo, las tramas que ellas van desgranando por entregas son tan interesantes y están tan bien construidas que atrapan al espectador. Eso y las tres fantásticas actrices. Los matices que consiguen en cada uno de los personajes son la guinda de sus respectivas historias. La relación entre las tres está formada por claroscuros que, lejos de agrietar la amistad, le dan un sentido intenso y vivo: triste, divertido, grave, trivial, pero siempre auténtico. En esas conversaciones las tres mujeres discuten, desconfían, se mienten, se preocupan, se desprecian, pero, sobre todo, se cuidan y se quieren.


Esos paseos episódicos van reflejando el delicado momento que viven estas tres amigas en la fina línea entre la madurez y el vértigo por la pérdida de la ilusión. Entre afilados comentarios, reproches y humor muy negro, las tres mujeres van descubriendo sus verdaderos miedos: el terrible distanciamiento entre el docente y sus alumnos, la pérdida de la belleza y el terror a la soledad. Tres miedos que se resumen en el tópico literario del tempus fugit. Las tres mujeres se asoman con vértigo a esa etapa de la vida en la que los años empiezan a volar.

No es una película autocomplaciente ni amable. Divierte, emociona por momentos, hace pensar y deja un regusto tierno y amargo al mismo tiempo. Como la vida misma.

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Lo mejor: El trabajo de las tres actrices.

Lo peor: Que a los que tenemos ya una edad nos hace pensar demasiado.

Gustará: A las estudiantes de Arte Dramático que sueñan con ser grandes actrices.

No gustará: A los que no les guste el teatro (si es que hay alguien así).

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CALIFICACIÓN:  6.5 



Como docente, la historia que más me impacta es la que protagoniza Adriana Ozores (que es, además, una de mis actrices preferidas). La mirada desencantada de esa profesora que ya no aguanta a sus alumnos, que se siente muy lejos ya de ellos (maravilloso monólogo ese) la he visto, desgraciadamente, en algún compañero. Y, a decir verdad, me aterra verla alguna vez en mi propio espejo.

Su tragedia es la que más me conmueve. Y la que más miedo me da.

CUESTIÓN DE JUSTICIA


Intensa y emocionante película la que firma el joven director Destin Cretton. Cuestión de justicia es algo más que un drama judicial al uso. Es también una historia dura, basada en hechos reales, con una potente carga crítica sobre tres males endémicos de la sociedad norteamericana: el racismo, las deficiencias y flagrantes injusticias del sistema penitenciario y judicial en lo que respecta a la pena capital, y la propia corrupción policial en determinados estados del país en los que los negros siguen siendo sospechosos habituales por el simple hecho de ser negros.

Michael B. Jordan (estupendo actor que ya dio muestras de su talento en las dos entregas de Creed) interpreta a Bryan Stevenson, un abogado y activista de justicia social que, tras graduarse en Harvard, decidió instalarse en Alabama (uno de los estados más racistas del país) y fundar allí la Iniciativa para la Justicia y la Igualdad, una organización legal sin ánimo de lucro que brinda apoyo legal y gratuito a los presos que no tienen medios económicos o que han sido condenados en juicios cuestionablemente defectuosos o injustos. Stevenson saltó a los medios nacionales tras poner en solfa el proceso judicial de un preso del corredor de la muerte condenado por un asesinato tras una nefasta investigación policial, plagada de inexactitudes, extorsiones y corruptelas varias. El preso es encarnado por otro excelente actor (Jamie Foxx) que brilla con su contundente y emotiva interpretación. Les acompaña en buena sintonía la oscarizada Brie Larson, en un papel algo distinto al que nos tiene acostumbrados.

La película sigue una estructura narrativa clásica del género judicial: las trabas constantes con las que tiene que ir lidiando el abogado en su investigación y preparación del caso, asumiendo los reveses que la parte contraria (apoyada en una escandalosa corrupción) le va poniendo. El caso policial y las cloacas policiales ocupan buena parte de la película, evidentemente. Pero acierta Destin Cretton al desplegar también el lado humano de la historia. La película focaliza mucho en la situación de los presos en el corredor de la muerte, personificando en casos diversos: desde los inocentes injustamente acusados a los arrepentidos de sus crímenes. Sean o no culpables, Cretton retrata muy bien la angustia, la desesperación y también la camaradería de esos hombres que viven cada día sin saber si será el último, a expensas de que, en cualquier momento, les llegue la terrible notificación de la fecha de ejecución de su sentencia.


Es cierto que la película puede adolecer de un marcado maniqueísmo: los condenados son muy buenos y los policías (incluso algunos jueces y fiscales) son absolutamente corruptos. Está claro que Cretton toma partido abiertamente y escribe y dirige su película asumiendo por completo los argumentos del verdadero Stevenson (la película está basada en una novela del propio abogado). Pero, por otro lado, son bien conocidos los problemas raciales y policiales que existen, hoy en día, en muchos estados del sur de Estados Unidos. Alabama no es una excepción y, evidentemente, lo era aún menos hace casi treinta años, cuando sucedieron los hechos. Así que no parece tan increíble esa maniquea realidad que pinta Stevenson. Máxime cuando lleva tres décadas luchando contra las injusticias del sistema penal y sacando a la luz casos tan escandalosos como el que nos ocupa.

La película tiene todos los ingredientes de un buen drama racial y judicial: sacude al espectador haciéndonos empatizar con la verdadera víctima de la historia, que no es otra que el negro inocente y falsamente acusado por el racismo y los intereses políticos de un sheriff y un fiscal general sin escrúpulos.

Rodada con sobriedad, sin demasiados alardes, el filme pone el foco fundamentalmente en la denuncia social y, aunque no ofrece demasiadas sorpresas (al contrario, se ajusta bastante a los tópicos del género) sí resulta conmovedora en varios momentos y, especialmente, en su parte final.

Buena película, estupendos actores.

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Lo mejor: Como en muchos dramas judiciales, el discurso del abogado defensor en el momento clave de la película. No es Pacino en Justicia para todos (1979, Norman Jewison) ni Kevin Costner en J.F.K.: Caso abierto (1991, Oliver Stone), pero no está mal.

Lo peor: El tono combativo y político, aunque es loable, resulta a veces un poco simplista.

Gustará: A los aficionados a los dramas judiciales (yo, por ejemplo).

No gustará: A Donald Trump.

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CALIFICACIÓN:  7 



Toda la secuencia de la ejecución del preso compañero de McMillian (Foxx) es muy emotiva. En realidad, su historia lo es, porque refleja otra de las grandes críticas de la película y de la organización de Stevenson: la ejecución de enfermos mentales o personas con trastornos graves de desarrollo psíquico.

Por otro lado, en el desenlace de la historia, aunque está muy bien realizado, Cretton pasa demasiado de puntillas por la verdadera estrategia que le dio la victoria a Stevenson y que provocó el cambio de parecer de la fiscalía del estado: el abogado encontró la complicidad de los medios de comunicación que enseguida se pusieron, al igual que gran parte de la sociedad americana, de parte de McMillian al conocer la cantidad de pruebas abrumadoras que había a su favor y que se pasaron por alto en el primer juicio.

EL DOBLE MÁS QUINCE


Mikel Rueda escribe y dirige esta sencilla y sensible película basada en el extraño encuentro de dos personas emocionalmente heridas por distintas circunstancias vitales. Ella (Maribel Verdú) es una mujer de mediana edad que aparentemente lo tiene todo: un gran trabajo, una situación económica saneada, un marido atento y dos niños pequeños; sin embargo, no soporta su vida y le cuesta asumir el vertiginoso paso del tiempo. Él (Germán Alcarazu) es un adolescente preocupado por los problemas económicos de su casa que no logra superar, además, la muerte y la ausencia de su padre. El muchacho necesita dinero para ayudar a su madre; la mujer necesita volver a sentirse joven, necesita sentirse deseada, pero, sobre todo, necesita volver a desear. Un encuentro casual en una web de contactos dará pie a una extraña y simbólica cita en la que esos dos desconocidos pasearán por la ciudad, conversando y compartiendo ilusiones y miedos.

La película es una curiosa road movie marcada por un tono metafórico y existencial que desvirtúa algo la historia planteada al principio (más prosaica quizás, pero mucho más sugestiva), acercándola así al cine de tesis filosófico. Lo que no es malo, en absoluto; el problema es que cae con frecuencia en situaciones y argumentos bastante tópicos: la edad, la ausencia, el cambio de roles, etc. Y lo hace (y he aquí el principal defecto que encuentro) con un exagerado acento literario que les resta mucha naturalidad a los dos personajes. Rueda acentúa en exceso ese lirismo con unos diálogos que, en ocasiones, resultan muy impostados, poco creíbles. Ese itinerario existencial (al estilo de Luces de bohemia) por las calles de Bilbao se transforma, demasiado pronto, en una doble sesión de psicoanálisis y autoayuda; siempre con el tema sexual de fondo, aunque demasiado mitigado. De hecho, la película crece y retoma interés cada vez que ese tema tabú del sexo entre la mujer madura y el adolescente menor vuelve a un primer plano.


A pesar de esos momentos algo flojos de guion en la parte central de la película, esta se sustenta en tres factores muy reseñables: la estupenda interpretación de Maribel Verdú (con ella pasa lo mismo que con Messi: es tan buena que a veces nos olvidamos de destacarlo); la preciosa fotografía de la ciudad, marco de ese itinerario simbólico; y un maravilloso desenlace, rodado con tanta belleza como sensibilidad.

Película desigual, algo pretenciosa en su narrativa, no demasiado original en su propuesta argumental, pero hermosa en su resolución y que nos permite disfrutar una vez más (un partido más) de una actriz absolutamente deslumbrante.

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Lo mejor: Los últimos diez minutos. Pura poesía.

Lo peor: Algunos momentos de ese paseo existencialista de los personajes resultan, no solo moñas, sino un pelín pueriles.

Gustará: A los espectadores pacientes. Lo bueno llega al final.

No gustará: A los espectadores que no sean capaces de mirar más allá del planteamiento morboso.

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CALIFICACIÓN:  7 



«No va a pasar nada entre nosotros» repiten una y otra vez ambos personajes en ese viaje catártico al fondo de sus miedos y ansiedades. Por un momento, me lo creo. El tono de la película ha cambiado demasiado: de la insatisfacción sexual y el provocador encuentro del principio, pasamos a las conversaciones profundas que ponen el acento en la ausencia paterna del muchacho y, sobre todo, en la pérdida de la juventud de una mujer madura que siente que sus mejores años ya pasaron. Del morbo sexual de Nabokov al tempus fugit de Quevedo. Un poco drástico el cambio. Afortunadamente, la noche rompe la coherencia (incluso la moralidad) de esa mujer madura que, consciente de que esa puede ser su última noche de juventud, no tiene ningún reparo en seducir a su joven compañero de jornada.

Y en eso es valiente Rueda. Huye del final convencional, decoroso y aburrido, ofreciéndonos una preciosa (inmoral quizás) escena sexual entre la mujer madura y el menor.

Y esa última secuencia, con una despedida sin palabras (no son necesarias, ambos saben que no volverán a verse nunca) y el primer plano de Maribel Verdú rompiéndose en el interior del coche mientras mira, de reojo, como se escapa su juventud definitivamente en ese simbólico reflejo del retrovisor. Es un final tan bello que me hace olvidar las lagunas de esa parte central de la película y me deja un triste y hermoso sabor de boca. Uno de los finales más emotivos que he visto en mucho tiempo.

QUEEN & SLIM


En 1967 Arthur Penn llevó a la pantalla la historia de los dos forajidos más románticos de la historia de los Estados Unidos: Bonnie Parker y Clyde Barrow. Dos ladrones y atracadores que, junto a su banda, se dedicaron a asaltar tiendas y gasolineras en plena época de la gran depresión. Gracias a una serie de artículos periodísticos en los que se resaltaba su amor y en los que se les calificó como dos «Robin Hood» modernos y, sobre todo, gracias a su dramática muerte (fueron emboscados y tiroteados) la joven pareja se convirtió en leyenda. Además, durante sus andanzas gozaron del favor del público que seguía su romántica carrera criminal con admiración e interés. La influencia de Bonnie & Clide (la película de Penn) es bastante evidente en Queen & Slim ya desde el título. De hecho, Melina Matsoukas no la esconde en absoluto, al contrario, y son varios los momentos en los que homenajea al clásico de 1967. Queen & Slim parte de unos personajes similares a los famosos atracadores (interpretados en aquella película por Faye Dunaway y Warren Beatty): esa visión romántica de los amantes delincuentes, pero con buen corazón; solo que en este caso no son unos ladrones generosos a lo Robin Hood, sino unos pobres desgraciados a los que la mala suerte ha situado en una situación tan injusta como desesperada.

En su primera cita, una pareja de jóvenes negros es detenida por un policía racista. Tras un altercado provocado por el agente, este dispara sobre la joven y el muchacho mata al policía, en defensa propia. Atemorizados por lo que han hecho y por las posibles consecuencias (un tiroteo, dos negros y un policía blanco muerto: la ecuación tiene mala pinta), los jóvenes deciden cruzar el país para intentar llegar a Cuba. Emprenden así una huida en la que irán conociéndose y enamorándose poco a poco. A la historia puramente policial, Matsoukas le añade el aroma de una road movie, la protesta racial, la historia amorosa y el propio debate social (ya que los muchachos se van encontrando con el apoyo de la comunidad negra casi al completo que comienza a venerarlos como héroes). Todo ello rodado con un estilo en el que siempre predomina el factor estético: en la fotografía, en la música, y en un acentuado tono lírico que, por momentos, se adueña de la película, resultando algo chocante, todo hay que decirlo.

Y es que ese es principalmente el problema que le veo a esta ópera prima de Melina Matsoukas: la indefinición, la mezcla de temas y tonos tan distintos y tan poco afinados. Tras un planteamiento fantástico en el que el espectador se sumerge por completo en el problema racial y en la persecución policial, la historia empieza a dar tumbos. Hay constantes giros hacia la comedia romántica que me sacan de la trama completamente. En algunas escenas no sé si estoy viendo a dos personajes aterrorizados por la pesadilla en la que se han convertido sus vidas o que, simplemente, están alargando su cita de Tinder en un fin de semana romántico, con escena de cama incluida (de coche, en este caso).


Desde el punto de vista plástico, la película es preciosa, eso sí. Una gran banda sonora, acertados planos y una espectacular fotografía marcada por los contrastes luminosos entre la noche y el día en ese itinerario hacia la costa de Florida que demuestran el buen hacer de Matsoukas con la cámara y el montaje (proviene de la realización de videoclips y eso se nota para bien). Los actores (Daniel Kaluuya y Jodie Turner-Smith) hacen un buen trabajo, aunque sus personajes van perdiendo la profundidad del principio de la película, diluyéndose peligrosamente en un romanticismo desubicado y fuera de lugar.

La idea de revisionar un clásico aportándole a los ingredientes ya existentes en la historia original un matiz de protesta social contra una realidad evidente en EEUU (los problemas raciales y los constantes abusos policiales) es interesante. El problema es que Matsoukas no termina de conjugar esos elementos y se pierde en situaciones poco creíbles, incoherentes, dándole demasiada trascendencia a la relación sentimental de los dos tortolitos. Es el tono lírico lo que más chirría, resultando cargante y cursi en muchos pasajes (conversaciones profundas y frases demasiado ostentosas en la estresante situación que están viviendo los personajes), provocando un resultado final irregular y algo torpe.

Se deja ver por su bonito envoltorio, pero decepciona también en su desenlace.

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Lo mejor: El principio. Los primeros diez minutos son espléndidos.

Lo peor: Los diálogos. Les falta realismo y les sobra Shakespeare de mercadillo.

Gustará: A los carpeteros que disfrutan con idilios moñas y adolescentes.

No gustará: Ni a Warren Beatty ni a Faye Dunaway.

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CALIFICACIÓN:  3 



Por cada kilómetro que recorre la parejita en su huida va perdiendo fuelle la película. Es cierto que el romanticismo forma parte de muchas historias de acción (incluso de la película de Arthur Penn); pero aquí está tan forzado, resulta tan poco natural, que acaba por parecer poco creíble. La pareja acaba de conocerse, se ven metidos en un lío tan monumental que destruiría los nervios de cualquier persona normal e inocente, pero, ni cortos ni perezosos, deciden huir, no dar explicaciones y abandonar sus vidas para siempre. Y hasta eso lo puedo comprar por el miedo a las consecuencias legales. Pero es ahí donde empiezan las casualidades y las incoherencias: curiosamente ella es sobrina de un proxeneta que va a ayudarles en la escapada porque es el típico tío que conoce a un tío. Los dos amantes se van encontrando con multitud de personas en su camino y todo el mundo los reconoce a primera vista. Pero ninguno es un policía. El único policía (negro) que les descubre, les deja escapar. Y comienza el tonteo: conversaciones profundas, miraditas, el momento del baile, el de los caballos, lo de sacar el cuerpo por la ventanilla para disfrutar de la brisa… Más que dos forajidos accidentales que acaban de ver como su vida se despedaza, parecen dos adolescentes ligando en un viaje de fin de curso.

La escena en la que el niño/admirador mata de un disparo a un policía mientras los dos amantes echan su primer pinchito es bastante curiosa. Puede que Matsoukas alterne ambos momentos en pantalla para contrastar las dos realidades: la violencia y el amor al mismo tiempo. O para provocar una reflexión sobre el poder de las redes sociales y la influencia en los más jóvenes, no sé. El caso es que me parece una escena demasiado tramposa, exagerada en su comparación. Tampoco se entiende muy bien por qué el chico dispara.

Si eres el forajido más buscado del país y te encuentras con un chaval que te muestra su total admiración porque tu huida está petando las redes sociales, no parece una buena idea pedirle que te haga una foto con el móvil. Salvo que la directora de la película quiera inmortalizar ese momento como homenaje a las fotos auténticas de los verdaderos Bonnie y Clyde. Arthur Penn, al menos, le dio mucho más sentido a ese momento.

Y el decepcionante final. A mitad de película cualquier espectador que haya visto un poco de cine (o que haya visto la película de 1967) empieza a intuir la muerte de los dos amantes. Hubiera sido un acierto buscar otra solución. Pero es que, además, decepciona también en la forma en la que se produce esa muerte: también tiroteados por la policía. Por no hablar de que casi podría decirse que se suicidan (al menos él). En ese momento, lo poco que aun me parecía salvable de la película, se viene abajo.

Habrá que esperar a la segunda película de Matsoukas para comprobar si sus interesantes maneras técnicas se confirman también con una buena historia. De momento, suspende.