EL DOBLE MÁS QUINCE
Mikel Rueda escribe y dirige esta sencilla y sensible película basada en el extraño encuentro de dos personas emocionalmente heridas por distintas circunstancias vitales. Ella (Maribel Verdú) es una mujer de mediana edad que aparentemente lo tiene todo: un gran trabajo, una situación económica saneada, un marido atento y dos niños pequeños; sin embargo, no soporta su vida y le cuesta asumir el vertiginoso paso del tiempo. Él (Germán Alcarazu) es un adolescente preocupado por los problemas económicos de su casa que no logra superar, además, la muerte y la ausencia de su padre. El muchacho necesita dinero para ayudar a su madre; la mujer necesita volver a sentirse joven, necesita sentirse deseada, pero, sobre todo, necesita volver a desear. Un encuentro casual en una web de contactos dará pie a una extraña y simbólica cita en la que esos dos desconocidos pasearán por la ciudad, conversando y compartiendo ilusiones y miedos.
La película es una curiosa road movie marcada por un tono metafórico y existencial que desvirtúa algo la
historia planteada al principio (más prosaica quizás, pero mucho más sugestiva),
acercándola así al cine de tesis filosófico. Lo que no es malo, en absoluto; el
problema es que cae con frecuencia en situaciones y argumentos bastante
tópicos: la edad, la ausencia, el cambio de roles, etc. Y lo hace (y he aquí el
principal defecto que encuentro) con un exagerado acento literario que les
resta mucha naturalidad a los dos personajes. Rueda acentúa en exceso ese lirismo con unos diálogos que, en ocasiones,
resultan muy impostados, poco creíbles. Ese itinerario existencial (al estilo
de Luces de bohemia) por las calles de Bilbao se transforma, demasiado pronto, en una doble sesión
de psicoanálisis y autoayuda; siempre con el tema sexual de fondo, aunque
demasiado mitigado. De hecho, la película crece y retoma interés cada vez que
ese tema tabú del sexo entre la mujer madura y el adolescente menor vuelve a un
primer plano.
A pesar de esos momentos algo flojos de guion en la
parte central de la película, esta se sustenta en tres factores muy reseñables:
la estupenda interpretación de Maribel Verdú (con ella pasa lo mismo que con Messi: es tan buena que a veces nos
olvidamos de destacarlo); la preciosa fotografía de la ciudad, marco de ese
itinerario simbólico; y un maravilloso desenlace, rodado con tanta belleza como
sensibilidad.
Película desigual, algo pretenciosa en su narrativa,
no demasiado original en su propuesta argumental, pero hermosa en su resolución
y que nos permite disfrutar una vez más (un partido más) de una actriz
absolutamente deslumbrante.
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Lo mejor: Los últimos diez minutos. Pura poesía.
Lo peor: Algunos momentos de ese paseo existencialista de los personajes
resultan, no solo moñas, sino un pelín pueriles.
Gustará: A los espectadores pacientes. Lo bueno llega al final.
No gustará: A los espectadores que no sean capaces de mirar más allá del
planteamiento morboso.
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CALIFICACIÓN: 7
«No va a pasar nada entre nosotros» repiten una y otra vez ambos personajes en ese
viaje catártico al fondo de sus miedos y ansiedades. Por un momento, me lo
creo. El tono de la película ha cambiado demasiado: de la insatisfacción sexual
y el provocador encuentro del principio, pasamos a las conversaciones profundas
que ponen el acento en la ausencia paterna del muchacho y, sobre todo, en la pérdida
de la juventud de una mujer madura que siente que sus mejores años ya pasaron.
Del morbo sexual de Nabokov al tempus fugit de Quevedo. Un poco drástico el cambio. Afortunadamente, la noche rompe la
coherencia (incluso la moralidad) de esa mujer madura que, consciente de que
esa puede ser su última noche de juventud, no tiene ningún reparo en seducir a
su joven compañero de jornada.
Y en eso es valiente Rueda. Huye del final convencional, decoroso y aburrido, ofreciéndonos una
preciosa (inmoral quizás) escena sexual entre la mujer madura y el menor.
Y esa última secuencia, con una despedida sin
palabras (no son necesarias, ambos saben que no volverán a verse nunca) y el
primer plano de Maribel Verdú rompiéndose en el interior del coche mientras mira, de reojo, como se
escapa su juventud definitivamente en ese simbólico reflejo del retrovisor. Es
un final tan bello que me hace olvidar las lagunas de esa parte central de la
película y me deja un triste y hermoso sabor de boca. Uno de los finales más emotivos
que he visto en mucho tiempo.


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