TIEMPO DE CAZA


El último trabajo de Yoon Sung-hyun tiene todo lo bueno y lo menos bueno del cine surcoreano actual. Comenzando por lo primero, Tiempo de caza es una película que combina de manera acertada la espectacularidad comercial del cine de acción más hollywoodiense con algunas propuestas originales que enriquecen esos tópicos del cine norteamericano: la ambientación futurista y distópica, el homenaje nostálgico a esa estética punk del cine fantástico de los 80 o el clasicismo de un planteamiento puro de cine negro; y todo ello en contraste con los cambios abruptos de ritmo y el tono lírico que, en ocasiones, adquieren una importancia preponderante, así como la mezcla de géneros tan habitual en los cineastas surcoreanos modernos. Y esto último (que siempre me parece original si se trata con sutileza) es una de las cosas en las que creo que la película se pierde durante algunos tramos, precisamente por lo contrario: por su exageración. La superposición constante de elementos tan dispares a nivel genérico (el cine negro, el drama social, el cine de acción, el western, incluso el cine de terror) me provoca cierta extrañeza y, en ocasiones, me saca de la narración principal. También la multitud de temas que trata (la pobreza, la soledad, la amistad, la venganza, el honor…) resulta algo abrumador. Me pasó lo mismo con Parásitos (2019, Bong Joon-ho), tan sobrevalorada como irregular, en mi opinión.

No es que los giros no estén bien logrados. Tiempo de caza comienza con un primer acto clásico del cine noir de siempre: tres ladronzuelos de poca monta deciden, al salir uno de ellos de la cárcel, dar un último golpe para huir de la miseria en la que viven, en una Corea futurista y marginal. Hasta ahí, nada nuevo. Pero a mitad de película, el tono cambia completamente: una vez dado el golpe, comienza una carrera espeluznante en la que un asesino a sueldo (contratado por la mafia que ha sido objeto del robo) les perseguirá en una fuga enfermiza, dejándolos ir varias veces para cazarlos nuevamente en un macabro y psicótico juego. La película se transforma en una road movie a la huida, con toques de western y cine de terror. Además de eso, a intervalos, Yoon Sung-hyun aprovecha para ir contando (de manera demasiado explícita) la tierna historia de amistad de los tres amigos. El director se recrea tanto en esos momentos, en esos diálogos excesivamente adornados de sentimentalismo, que el espectador es demasiado consciente del anticlímax tramposo que está tratando de crear, de cara a la trágica e inevitable conclusión. A la historia le sobra metraje, le sobra no solo parte de ese tono dramático y poético que resulta muy impostado, sino algunos momentos de la caza, manifiestamente repetitivos, en ese larguísimo juego del gato y el ratón. 

Con todo, como he dicho al principio, la película tiene muchos más aciertos que errores. Notables interpretaciones, una fotografía fantástica (nuevamente el contraste tan propio de estos cineastas surcoreanos: la belleza de un mundo desolado y solitario) y una buena banda sonora.

No puede faltar el giro final en una película con tantas aristas y guiños a multitud de tópicos y géneros. Pero en este caso, a diferencia de lo que me pasa con otros muchos directores de esta escuela cinematográfica surcoreana, me sorprende para bien. Con toda su exageración y el exceso de músculo narrativo que exhibe Yoon Sung-hyun durante más de dos horas, todavía se permite un extraño epílogo final que no deja indiferente.

Una película entretenida, irregular, con excelentes momentos de acción y emoción. A pesar de algunos tópicos excesivamente manoseados y de ciertos baches que entorpecen el ritmo, deja buen sabor de boca por la espectacularidad de su envoltorio y por su brillante tramo final.

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Lo mejor: La ambientación de una Corea futurista desolada y deprimente.

Lo peor: Me parece muy larga y repetitiva la persecución del asesino psicópata. Es una especie de Javier Bardem, pero sin bombona de oxígeno y sin que le haya cortado el pelo un ciego.

Gustará: A los aficionados al cine pulp surcoreano.

No gustará: A los amantes del cine negro clásico; la película se olvida demasiado pronto del género y se va transformando en otra cosa, menos interesante.

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CALIFICACIÓN:  6 



Me gusta el epílogo con el que adorna la historia Yoon Sung-hyun. El único superviviente de la banda ha conseguido huir a esa isla deseada, aunque nada más lejos de su idílico sueño. No es el paraíso que esperaba; también pesa sobre él la desaparición de sus dos amigos. Uno murió en su presencia; el otro (del que no se vuelve a saber nada desde que vuelve a su casa a proteger a sus padres) también sabemos que ha muerto, gracias a la sutil conversación entre el detective y el conductor en el coche.

Este detective sí le da al tercer muchacho la información para la que ha sido contratado: el cazador, a pesar de recibir decenas de disparos y caer al mar, no ha muerto. Sigue buscándolos. Nunca abandona una cacería. Pero, en esa ocasión, será el ratón el que vaya al encuentro del gato.

El epílogo termina con ese final abierto, quizás a expensas de una secuela que, sinceramente, no creo que se llegue a plantear siquiera. La cosa no da para tanto, me temo.


EL DOBLE MÁS QUINCE


Mikel Rueda escribe y dirige esta sencilla y sensible película basada en el extraño encuentro de dos personas emocionalmente heridas por distintas circunstancias vitales. Ella (Maribel Verdú) es una mujer de mediana edad que aparentemente lo tiene todo: un gran trabajo, una situación económica saneada, un marido atento y dos niños pequeños; sin embargo, no soporta su vida y le cuesta asumir el vertiginoso paso del tiempo. Él (Germán Alcarazu) es un adolescente preocupado por los problemas económicos de su casa que no logra superar, además, la muerte y la ausencia de su padre. El muchacho necesita dinero para ayudar a su madre; la mujer necesita volver a sentirse joven, necesita sentirse deseada, pero, sobre todo, necesita volver a desear. Un encuentro casual en una web de contactos dará pie a una extraña y simbólica cita en la que esos dos desconocidos pasearán por la ciudad, conversando y compartiendo ilusiones y miedos.

La película es una curiosa road movie marcada por un tono metafórico y existencial que desvirtúa algo la historia planteada al principio (más prosaica quizás, pero mucho más sugestiva), acercándola así al cine de tesis filosófico. Lo que no es malo, en absoluto; el problema es que cae con frecuencia en situaciones y argumentos bastante tópicos: la edad, la ausencia, el cambio de roles, etc. Y lo hace (y he aquí el principal defecto que encuentro) con un exagerado acento literario que les resta mucha naturalidad a los dos personajes. Rueda acentúa en exceso ese lirismo con unos diálogos que, en ocasiones, resultan muy impostados, poco creíbles. Ese itinerario existencial (al estilo de Luces de bohemia) por las calles de Bilbao se transforma, demasiado pronto, en una doble sesión de psicoanálisis y autoayuda; siempre con el tema sexual de fondo, aunque demasiado mitigado. De hecho, la película crece y retoma interés cada vez que ese tema tabú del sexo entre la mujer madura y el adolescente menor vuelve a un primer plano.


A pesar de esos momentos algo flojos de guion en la parte central de la película, esta se sustenta en tres factores muy reseñables: la estupenda interpretación de Maribel Verdú (con ella pasa lo mismo que con Messi: es tan buena que a veces nos olvidamos de destacarlo); la preciosa fotografía de la ciudad, marco de ese itinerario simbólico; y un maravilloso desenlace, rodado con tanta belleza como sensibilidad.

Película desigual, algo pretenciosa en su narrativa, no demasiado original en su propuesta argumental, pero hermosa en su resolución y que nos permite disfrutar una vez más (un partido más) de una actriz absolutamente deslumbrante.

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Lo mejor: Los últimos diez minutos. Pura poesía.

Lo peor: Algunos momentos de ese paseo existencialista de los personajes resultan, no solo moñas, sino un pelín pueriles.

Gustará: A los espectadores pacientes. Lo bueno llega al final.

No gustará: A los espectadores que no sean capaces de mirar más allá del planteamiento morboso.

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CALIFICACIÓN:  7 



«No va a pasar nada entre nosotros» repiten una y otra vez ambos personajes en ese viaje catártico al fondo de sus miedos y ansiedades. Por un momento, me lo creo. El tono de la película ha cambiado demasiado: de la insatisfacción sexual y el provocador encuentro del principio, pasamos a las conversaciones profundas que ponen el acento en la ausencia paterna del muchacho y, sobre todo, en la pérdida de la juventud de una mujer madura que siente que sus mejores años ya pasaron. Del morbo sexual de Nabokov al tempus fugit de Quevedo. Un poco drástico el cambio. Afortunadamente, la noche rompe la coherencia (incluso la moralidad) de esa mujer madura que, consciente de que esa puede ser su última noche de juventud, no tiene ningún reparo en seducir a su joven compañero de jornada.

Y en eso es valiente Rueda. Huye del final convencional, decoroso y aburrido, ofreciéndonos una preciosa (inmoral quizás) escena sexual entre la mujer madura y el menor.

Y esa última secuencia, con una despedida sin palabras (no son necesarias, ambos saben que no volverán a verse nunca) y el primer plano de Maribel Verdú rompiéndose en el interior del coche mientras mira, de reojo, como se escapa su juventud definitivamente en ese simbólico reflejo del retrovisor. Es un final tan bello que me hace olvidar las lagunas de esa parte central de la película y me deja un triste y hermoso sabor de boca. Uno de los finales más emotivos que he visto en mucho tiempo.