QUEEN & SLIM
En 1967 Arthur Penn llevó a la pantalla la historia de los dos forajidos más románticos de
la historia de los Estados Unidos: Bonnie Parker y Clyde Barrow. Dos ladrones y
atracadores que, junto a su banda, se dedicaron a asaltar tiendas y gasolineras
en plena época de la gran depresión. Gracias a una serie de artículos
periodísticos en los que se resaltaba su amor y en los que se les calificó como
dos «Robin Hood» modernos y, sobre todo, gracias a su dramática muerte (fueron emboscados
y tiroteados) la joven pareja se convirtió en leyenda. Además, durante sus
andanzas gozaron del favor del público que seguía su romántica carrera criminal
con admiración e interés. La influencia de Bonnie
& Clide (la película de Penn) es bastante evidente en Queen & Slim ya desde el título. De hecho, Melina
Matsoukas no la esconde en absoluto, al contrario, y son
varios los momentos en los que homenajea al clásico de 1967. Queen & Slim parte de unos personajes similares a los famosos atracadores (interpretados
en aquella película por Faye Dunaway y Warren Beatty): esa visión romántica de los amantes delincuentes, pero con buen
corazón; solo que en este caso no son unos ladrones generosos a lo Robin Hood,
sino unos pobres desgraciados a los que la mala suerte ha situado en una
situación tan injusta como desesperada.
En su primera cita, una pareja de jóvenes negros es
detenida por un policía racista. Tras un altercado provocado por el agente, este
dispara sobre la joven y el muchacho mata al policía, en defensa propia. Atemorizados
por lo que han hecho y por las posibles consecuencias (un tiroteo, dos negros y
un policía blanco muerto: la ecuación tiene mala pinta), los jóvenes deciden
cruzar el país para intentar llegar a Cuba. Emprenden así una huida en la que
irán conociéndose y enamorándose poco a poco. A la historia puramente policial,
Matsoukas le añade el aroma de una road movie, la protesta racial, la
historia amorosa y el propio debate social (ya que los muchachos se van
encontrando con el apoyo de la comunidad negra casi al completo que comienza a
venerarlos como héroes). Todo ello rodado con un estilo en el que siempre
predomina el factor estético: en la fotografía, en la música, y en un acentuado
tono lírico que, por momentos, se adueña de la película, resultando algo chocante,
todo hay que decirlo.
Y es que ese es principalmente el problema que le
veo a esta ópera prima de Melina Matsoukas: la indefinición, la mezcla de temas y tonos tan distintos y tan poco
afinados. Tras un planteamiento fantástico en el que el espectador se sumerge
por completo en el problema racial y en la persecución policial, la historia
empieza a dar tumbos. Hay constantes giros hacia la comedia romántica que me
sacan de la trama completamente. En algunas escenas no sé si estoy viendo a dos
personajes aterrorizados por la pesadilla en la que se han convertido sus vidas
o que, simplemente, están alargando su cita de Tinder en un fin de semana
romántico, con escena de cama incluida (de coche, en este caso).
Desde el punto de vista plástico, la película es
preciosa, eso sí. Una gran banda sonora, acertados planos y una espectacular
fotografía marcada por los contrastes luminosos entre la noche y el día en ese
itinerario hacia la costa de Florida que demuestran el buen hacer de Matsoukas con la cámara
y el montaje (proviene de la realización de videoclips y eso se nota para
bien). Los actores (Daniel Kaluuya y Jodie Turner-Smith) hacen un buen trabajo, aunque sus personajes van perdiendo la
profundidad del principio de la película, diluyéndose peligrosamente en un
romanticismo desubicado y fuera de lugar.
La idea de revisionar un clásico aportándole
a los ingredientes ya existentes en la historia original un matiz de protesta
social contra una realidad evidente en EEUU (los problemas raciales y los
constantes abusos policiales) es interesante. El problema es que Matsoukas no termina de
conjugar esos elementos y se pierde en situaciones poco creíbles, incoherentes,
dándole demasiada trascendencia a la relación sentimental de los dos
tortolitos. Es el tono lírico lo que más chirría, resultando cargante y cursi
en muchos pasajes (conversaciones profundas y frases demasiado ostentosas en la
estresante situación que están viviendo los personajes), provocando un
resultado final irregular y algo torpe.
Se deja ver por su bonito envoltorio, pero
decepciona también en su desenlace.
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Lo mejor: El principio. Los primeros diez minutos son espléndidos.
Lo peor: Los diálogos. Les falta realismo y les sobra Shakespeare de mercadillo.
Gustará: A los carpeteros que disfrutan con idilios moñas y adolescentes.
No gustará: Ni a Warren Beatty ni a Faye Dunaway.
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CALIFICACIÓN: 3
Por cada kilómetro que recorre la parejita en su
huida va perdiendo fuelle la película. Es cierto que el romanticismo forma
parte de muchas historias de acción (incluso de la película de Arthur Penn); pero aquí
está tan forzado, resulta tan poco natural, que acaba por parecer poco creíble.
La pareja acaba de conocerse, se ven metidos en un lío tan monumental que destruiría
los nervios de cualquier persona normal e inocente, pero, ni cortos ni
perezosos, deciden huir, no dar explicaciones y abandonar sus vidas para
siempre. Y hasta eso lo puedo comprar por el miedo a las consecuencias legales.
Pero es ahí donde empiezan las casualidades y las incoherencias: curiosamente
ella es sobrina de un proxeneta que va a ayudarles en la escapada porque es el
típico tío que conoce a un tío. Los dos amantes se van encontrando con multitud
de personas en su camino y todo el mundo los reconoce a primera vista. Pero
ninguno es un policía. El único policía (negro) que les descubre, les deja
escapar. Y comienza el tonteo: conversaciones profundas, miraditas, el momento
del baile, el de los caballos, lo de sacar el cuerpo por la ventanilla para disfrutar
de la brisa… Más que dos forajidos accidentales que acaban de ver como su vida
se despedaza, parecen dos adolescentes ligando en un viaje de fin de curso.
La escena en la que el niño/admirador mata de un disparo
a un policía mientras los dos amantes echan su primer pinchito es bastante curiosa.
Puede que Matsoukas alterne ambos momentos en pantalla para contrastar las dos realidades:
la violencia y el amor al mismo tiempo. O para provocar una reflexión sobre el
poder de las redes sociales y la influencia en los más jóvenes, no sé. El caso
es que me parece una escena demasiado tramposa, exagerada en su comparación.
Tampoco se entiende muy bien por qué el chico dispara.
Si eres el forajido más buscado del país y te encuentras
con un chaval que te muestra su total admiración porque tu huida está petando
las redes sociales, no parece una buena idea pedirle que te haga una foto con
el móvil. Salvo que la directora de la película quiera inmortalizar ese momento
como homenaje a las fotos auténticas de los verdaderos Bonnie y Clyde. Arthur Penn, al menos, le
dio mucho más sentido a ese momento.
Y el decepcionante final. A mitad de película
cualquier espectador que haya visto un poco de cine (o que haya visto la
película de 1967) empieza a intuir la muerte de los dos amantes. Hubiera sido
un acierto buscar otra solución. Pero es que, además, decepciona también en la
forma en la que se produce esa muerte: también tiroteados por la policía. Por
no hablar de que casi podría decirse que se suicidan (al menos él). En ese momento,
lo poco que aun me parecía salvable de la película, se viene abajo.
Habrá que esperar a la segunda película de Matsoukas para
comprobar si sus interesantes maneras técnicas se confirman también con una buena
historia. De momento, suspende.


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