1917
Sam Mendes es uno de esos directores que se toman su tiempo en la preparación de
cada nuevo proyecto, de ahí que su filmografía no sea muy extensa, se reduce
únicamente a ocho películas. De hecho, han pasado veinte años desde que
sorprendiera con su maravillosa ópera prima, American
beauty, y más de cuatro desde su anterior producción, la
decepcionante Spectre.
En esta ocasión es especialmente comprensible ese
largo periodo de preparación; y es que puedo imaginar que el rodaje y la
postproducción de 1917 han tenido que ser una auténtica locura. No creo decir ninguna tontería
si afirmo que lo que hace Mendes con 1917 es algo jamás visto en la historia del cine (a este nivel de hiperbólica
producción, claro). Es cierto que hay otras películas grabadas íntegramente en
planos secuencia (insuperable lo de La soga, de Alfred Hitchcock, sobre todo por la manera tan artesanal de lograrlo), pero la dificultad
de rodar una superproducción como 1917, con la cantidad y la extensión de escenarios que muestra, el movimiento
coreográfico de centenares de actores, la preparación de decorados (de locos esto)
y la coordinación de equipos de grabación ha tenido que ser un trabajo
sencillamente delirante. A nivel de realización la película de Mendes no tiene
parangón posible. Es una maravilla absoluta. Incluso el punto de vista que
utiliza la cámara en todo momento es una genialidad. La cámara adquiere un
protagonismo esencial en este impresionante itinerario contra el tiempo en el
que se embarcan dos soldados, atravesando las líneas enemigas, para enviar un
mensaje al otro lado del territorio. El espectador se convierte en todo momento
en un viajante más gracias a ese manejo de la cámara. El punto de vista es
propio de un videojuego de visión periférica. Mendes consigue, mediante el manejo de la cámara, planos y largas escenas casi
imposibles de imaginar.
En todo momento nos sentimos acompañantes de esos
soldados que van enlazando larguísimos planos secuencia (algunos de más de
veinte minutos), como si fueran escenarios inabarcables de ese videojuego en el
que en cada etapa nos deslumbra más con el siguiente paisaje. Unos paisajes,
por cierto, detalladísimos en cuanto a la representación de la desolación total
de la guerra: pasillos y pasillos de trincheras (el guiño a Senderos de gloria de Kubrick es de gran altura), edificios destruidos, restos de puentes volados, armamento
abandonado, el interior de los restos de un pueblo en llamas, cientos y cientos
de cadáveres semienterrados en el barro, las moscas revoloteando lo que queda
de los caballos muertos… Es un nivel de detalle jamás visto, en mi opinión. Ni
en Salvar al soldado Ryan (1998, Steven Spielberg), ni en Dunquerque (2017, Christopher
Nolan), por ejemplo. En este sentido, Mendes ha querido
dejar un legado cinematográfico posiblemente insuperable.
Con todo esto, ¿por qué esta increíble producción no
es una obra maestra absoluta? Pues porque en el cine no todo es la forma. Visualmente
la película es hipnótica, pero también el contenido ha de ser importante. La
historia que cuenta 1917 no es nada del otro mundo y está plagada de tópicos: una misión suicida
contra el tiempo a la que se le intenta dar algo más de dramatismo
introduciendo el elemento de que uno de los soldados tiene un hermano en el batallón
al que hay que salvar con el mensaje que han de entregar. Los actores están
bien. Pero, y ese es otro de los grandes peligros de este tipo de producciones,
quedan muy ensombrecidos por los verdaderos protagonistas de la película: el
paisaje, la apabullante escenografía y la propia cámara. Me recuerda eso a
producciones como Avatar (2009, James Cameron) en las que el espectador está tan deslumbrado por lo que está viendo en
la pantalla, que se olvida un poco de la historia o de los propios actores.
Claro que, como amante del cine que soy, me quedo extasiado
por la grandeza visual de la película de Mendes. Pero no puedo evitar sentir que le falta algo que otras muchas historias
bélicas sí me producen: la emoción, el dramatismo, incluso la épica (al fin y
al cabo, se trata de una película de guerra, un género en el que la heroicidad
y los sentimientos han de ser tan importantes o más que la propia acción o la fotografía). En este sentido, hay una película a la que me recordó mucho
esta de Mendes (también creo que hay más de un guiño a ella) y que, siendo más sencilla
en su producción, me parece mucho más emotiva y, en definitiva, me gusta más:
se trata de la excelente Gallipoli (1981, Peter Weir). Solo el desenlace de esta es infinitamente superior a la de Mendes.
1917 es un peliculón, que quede claro. A nivel de producción, un verdadero
prodigio. Posiblemente arrase en los Óscars. Pero no es una obra maestra; tampoco
es la mejor película bélica de todos los tiempos, ni mucho menos. Lo que no
quiere decir que no sea tremendamente disfrutable.
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Lo mejor: la escena del ataque final, con la carrera del mensajero a
contracorriente. Y otro momento que me dejo para el spoiler.
Lo peor: la falta de emoción y unos diálogos muy trillados.
Gustará: a los estudiantes de realización y dirección cinematográfica.
No gustará: a los creadores de Fornite. Se avecina posible competencia.
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CALIFICACIÓN: 8
El final me deja un poco frío. El mensaje cínico y
amargo del comandante al detener el ataque lo he visto ya en otras películas.
Algo así como: hoy nos hemos librado, pero no importa; mañana moriremos.
Es tópico. También adolece de cierta falta de originalidad el encuentro,
esperado, del soldado superviviente con el hermano de su compañero. Nada nuevo
ahí tampoco. Incluso ese último plano del protagonista, con la mirada perdida,
mirando la foto de su familia, es bastante forzado. Trata Mendes de aportarle
un final algo lírico a la historia, pero cae demasiado en el cliché, lo que no ayuda
para remontar el flojo argumento general. Nada que ver con el impactante final
de Gallipoli, por ejemplo.
Donde sí me quito el sombrero es un par de escenas
en las que realmente consigue emocionarme. La muerte del soldado Blake (algo
absurda, lo que acrecienta su dramatismo); en realidad, toda esa secuencia del
avión es asombrosa e impresionante. Y, sobre todo, el momento en el que, justo antes de la batalla,
los soldados del regimiento escuchan a un compañero cantando una preciosa
y triste balada. Es ese el momento más hermoso y poético de la película.
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