JOJO RABBIT


Dice Burhan Sönmez, autor de la exitosa novela Estambul, Estambul, que «la risa es la mejor defensa contra la maldad del ser humano». Una cita que sin duda firmaría Taika Waititi, el talentoso y original director de JoJo Rabbit. Y es que es eso precisamente lo que hace con esta radiante y espectacular película: utilizar el humor, la ironía y la sátira para criticar y ridiculizar la ideario antisemita del nazismo durante la II Guerra Mundial. La película (basada en una novela de Christine Leunens, El cielo enjaulado, a la que Waititi ha cambiado radicalmente el tono) cuenta la historia de Jojo, un niño alemán de diez años que está obsesionado por ingresar en las Juventudes Hitlerianas, muy a pesar de su bondadosa y vitalista madre (deslumbrante Scarlett Johansson). Jojo repite apasionadamente las proclamas antisemitas desde su adoctrinado razonamiento infantil, lo que provoca no pocas risas propiciadas por un guion excelente y mordaz. Pero es que, además, Jojo tiene un amigo imaginario: el mismísimo Adolf Hitler, interpretado por el propio Waititi, quizás con excesivo histrionismo (en la única pega que le veo a esta maravillosa película).

Además de un gran guion que combina el humor negro y la sátira con algunos momentos sensibles y emotivos, la película es fantástica por el trabajo de sus actores. Ya he dicho que Scarlett está espléndida (lo que es bastante habitual, por otra parte); como lo está también Sam Rockwell (vaya dos interpretaciones que se ha sacado de la manga el californiano con este trabajo y el que hace en Richard Jewell, la última de Eastwood, demostrando que está, posiblemente, en el mejor momento de su carrera). Pero quien enamora verdaderamente con su actuación es el niño protagonista, Roman Griffin Davis, que en su debut como actor ha creado un personaje inolvidable. Su radiante y adorable gestualidad se come la pantalla. Especialmente divertidas son todas y cada una de las escenas que comparte con otro niño debutante, Archie Yates. Juntos crean los mejores y más hilarantes momentos de la película, con unos diálogos tiernos y terribles al mismo tiempo, marcados por un grotesco tono adulto que me recordaba a aquella vieja y encantadora serie norteamericana de los años ’50: La pandilla. Completa el acertadísimo casting la joven Thomasin McKenzie. La química entre ella y Jojo es otro de los platos fuertes del filme.


Para completar el pack, Waititi ambienta su cuento con una colorida fotografía y una sorprendente y vitalista banda sonora, plagada de versiones en alemán de clásicos del pop de los años ’70 y ’80. La alegría y la belleza audiovisual de la película, junto al humor disparatado y surrealista y la grotesca aparición del Hitler imaginario, construyen una fábula paródica irresistiblemente original. Pero no os llevéis a engaño: la película tiene también una carga reflexiva y moral muy importante. Tras esa capa de humor negro y surrealismo bufo, hay una bonita e inspiradora historia de aprendizaje y madurez, al mismo tiempo que una metafórica crítica al adoctrinamiento nazi y a la sucia utilización de los niños en su ideario genocida.

La película ha despertado, como no, el debate. ¿Se puede hacer humor sobre algo tan terrible como el nazismo? Yo lo tengo claro: por supuesto que sí. Ya lo hicieron otros: Lubitsch con Ser o no ser; y, sobre todo, Chaplin, en una de las mayores obras maestras de la historia del cine, El gran dictador. Por cierto, hay más de un guiño a Chaplin en esta película de Waititi (animo al lector a que los busque). El propio Chaplin, tuvo que defenderse durante el estreno de El gran dictador de las críticas diciendo: «Si no podemos reírnos de Hitler, es que estamos mucho más perdidos de lo que pensamos».

Llevamos apenas un par de semanas del año 2020, pero estoy seguro de que Jojo Rabbit va a ser una de las mejores películas del año. Está en la carrera de los Óscars con seis nominaciones y, aunque no creo que tenga demasiadas posibilidades en los premios gordos, merece el reconocimiento.

Gran película. De esas que, tengo la impresión, se irán agrandando con el paso de los años.
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Lo mejor: la mezcla de sátira, amor y fábula metafórica.

Lo peor: a la interpretación de Waititi le sobra un punto de histrionismo.

Gustará: a todo aquel que disfrute con un humor diferente, surrealista, absurdo y muy negro.

No gustará: a John Galiano.
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CALIFICACIÓN:  9 


Los primeros minutos son una delicia. La secuencia de los títulos de crédito en la que el joven Jojo, radiante por acudir a su primer campus de entrenamiento nazi, sale de casa, eufórico, saludando a todo el mundo con un gracioso «Heil, Hitler» mientras suena una versión en alemán de I want to hold your hand de The Beattles es divertidísima.

Me encanta la metáfora de los cordones de zapatos. Jojo no solo aprende a atárselos por fin, sino que se los ata a su nueva amiga judía, como tantas veces hiciera su madre con él. Es precioso ese momento.

Como lo es el final. Los últimos dos minutos de la película son una verdadera joya. Y ese baile de los dos amigos al final, maravilloso.

1917


Sam Mendes es uno de esos directores que se toman su tiempo en la preparación de cada nuevo proyecto, de ahí que su filmografía no sea muy extensa, se reduce únicamente a ocho películas. De hecho, han pasado veinte años desde que sorprendiera con su maravillosa ópera prima, American beauty, y más de cuatro desde su anterior producción, la decepcionante Spectre.

En esta ocasión es especialmente comprensible ese largo periodo de preparación; y es que puedo imaginar que el rodaje y la postproducción de 1917 han tenido que ser una auténtica locura. No creo decir ninguna tontería si afirmo que lo que hace Mendes con 1917 es algo jamás visto en la historia del cine (a este nivel de hiperbólica producción, claro). Es cierto que hay otras películas grabadas íntegramente en planos secuencia (insuperable lo de La soga, de Alfred Hitchcock, sobre todo por la manera tan artesanal de lograrlo), pero la dificultad de rodar una superproducción como 1917, con la cantidad y la extensión de escenarios que muestra, el movimiento coreográfico de centenares de actores, la preparación de decorados (de locos esto) y la coordinación de equipos de grabación ha tenido que ser un trabajo sencillamente delirante. A nivel de realización la película de Mendes no tiene parangón posible. Es una maravilla absoluta. Incluso el punto de vista que utiliza la cámara en todo momento es una genialidad. La cámara adquiere un protagonismo esencial en este impresionante itinerario contra el tiempo en el que se embarcan dos soldados, atravesando las líneas enemigas, para enviar un mensaje al otro lado del territorio. El espectador se convierte en todo momento en un viajante más gracias a ese manejo de la cámara. El punto de vista es propio de un videojuego de visión periférica. Mendes consigue, mediante el manejo de la cámara, planos y largas escenas casi imposibles de imaginar.

En todo momento nos sentimos acompañantes de esos soldados que van enlazando larguísimos planos secuencia (algunos de más de veinte minutos), como si fueran escenarios inabarcables de ese videojuego en el que en cada etapa nos deslumbra más con el siguiente paisaje. Unos paisajes, por cierto, detalladísimos en cuanto a la representación de la desolación total de la guerra: pasillos y pasillos de trincheras (el guiño a Senderos de gloria de Kubrick es de gran altura), edificios destruidos, restos de puentes volados, armamento abandonado, el interior de los restos de un pueblo en llamas, cientos y cientos de cadáveres semienterrados en el barro, las moscas revoloteando lo que queda de los caballos muertos… Es un nivel de detalle jamás visto, en mi opinión. Ni en Salvar al soldado Ryan (1998, Steven Spielberg), ni en Dunquerque (2017, Christopher Nolan), por ejemplo. En este sentido, Mendes ha querido dejar un legado cinematográfico posiblemente insuperable.


Con todo esto, ¿por qué esta increíble producción no es una obra maestra absoluta? Pues porque en el cine no todo es la forma. Visualmente la película es hipnótica, pero también el contenido ha de ser importante. La historia que cuenta 1917 no es nada del otro mundo y está plagada de tópicos: una misión suicida contra el tiempo a la que se le intenta dar algo más de dramatismo introduciendo el elemento de que uno de los soldados tiene un hermano en el batallón al que hay que salvar con el mensaje que han de entregar. Los actores están bien. Pero, y ese es otro de los grandes peligros de este tipo de producciones, quedan muy ensombrecidos por los verdaderos protagonistas de la película: el paisaje, la apabullante escenografía y la propia cámara. Me recuerda eso a producciones como Avatar (2009, James Cameron) en las que el espectador está tan deslumbrado por lo que está viendo en la pantalla, que se olvida un poco de la historia o de los propios actores.

Claro que, como amante del cine que soy, me quedo extasiado por la grandeza visual de la película de Mendes. Pero no puedo evitar sentir que le falta algo que otras muchas historias bélicas sí me producen: la emoción, el dramatismo, incluso la épica (al fin y al cabo, se trata de una película de guerra, un género en el que la heroicidad y los sentimientos han de ser tan importantes o más que la propia acción o la fotografía). En este sentido, hay una película a la que me recordó mucho esta de Mendes (también creo que hay más de un guiño a ella) y que, siendo más sencilla en su producción, me parece mucho más emotiva y, en definitiva, me gusta más: se trata de la excelente Gallipoli (1981, Peter Weir). Solo el desenlace de esta es infinitamente superior a la de Mendes.

1917 es un peliculón, que quede claro. A nivel de producción, un verdadero prodigio. Posiblemente arrase en los Óscars. Pero no es una obra maestra; tampoco es la mejor película bélica de todos los tiempos, ni mucho menos. Lo que no quiere decir que no sea tremendamente disfrutable. 

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Lo mejor: la escena del ataque final, con la carrera del mensajero a contracorriente. Y otro momento que me dejo para el spoiler.

Lo peor: la falta de emoción y unos diálogos muy trillados.

Gustará: a los estudiantes de realización y dirección cinematográfica.

No gustará: a los creadores de Fornite. Se avecina posible competencia. 

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CALIFICACIÓN:  8 


El final me deja un poco frío. El mensaje cínico y amargo del comandante al detener el ataque lo he visto ya en otras películas. Algo así como: hoy nos hemos librado, pero no importa; mañana moriremos. Es tópico. También adolece de cierta falta de originalidad el encuentro, esperado, del soldado superviviente con el hermano de su compañero. Nada nuevo ahí tampoco. Incluso ese último plano del protagonista, con la mirada perdida, mirando la foto de su familia, es bastante forzado. Trata Mendes de aportarle un final algo lírico a la historia, pero cae demasiado en el cliché, lo que no ayuda para remontar el flojo argumento general. Nada que ver con el impactante final de Gallipoli, por ejemplo.

Donde sí me quito el sombrero es un par de escenas en las que realmente consigue emocionarme. La muerte del soldado Blake (algo absurda, lo que acrecienta su dramatismo); en realidad, toda esa secuencia del avión es asombrosa e impresionante. Y, sobre todo, el momento en el que, justo antes de la batalla, los soldados del regimiento escuchan a un compañero cantando una preciosa y triste balada. Es ese el momento más hermoso y poético de la película.